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MI CUERPO, MI ENEMIGO
    Desde el día de mi nacimiento mi cuerpo ha sido mi enemigo. Mi madre fue la primera en saberlo, pues mi tamaño al nacer le provocó unos dolores tan intensos como insoportables que ella estoicamente soportó sin renunciar a su deber y me trajo al mundo. Mi primer llanto debe haber sido una continuación del de mi madre por el esfuerzo tan doloroso.
    Del tiempo de lactancia, en el que prácticamente agoté los siempre listos senos de mi progenitora, se pasó al tiempo del biberón. Ya para entonces yo era de un tamaño superior a lo que se suponía normal para mi tiempo de vida. Esa anormalidad física también lo era desde el punto de vista alimenticio. Mi biberón, por exigencias del guión, no era un biberón como cualquier otro. Consistía en una botella común de un litro rellena de leche con una tetilla de goma en el pico. Me cuentan que me sentaba en la acera de la casa familiar a ver pasar el mundo y disfrutar de aquel néctar que mi madre preparaba con esmero y abundancia. Antes de seguir adelante con este relato debo aclarar que nací en una población con un entorno rural que fundamenta su vida y su economía en la alimentación, y que asegura a los habitantes unos alimentos básicos sin ningún tipo de artificios químicos. Cuentan los mayores que aquel pedazo de niño, al que se le podía llamar “pequeño”, que era un tanto sibarita, pues al parecer cuando aquel botellón de leche había vaciado su contenido en mi interior yo miraba el recipiente vacío y lo tiraba por encima del hombro como si de una copa de champagne se tratara en un cabaret parisino de “la belle époque”.
    Aquella exuberante forma de alimentarme tuvo su continuidad sana y sustanciosa que fue generando una estatura que si bien al principio despertaba admiración, a la postre fue convirtiendo mi cuerpo en mi enemigo. Un enemigo un tanto traumático, porque los niños de mi edad evitaban jugar conmigo por temor a mi altura y fortaleza, generando burlas y apodos que a mí me resultaban molestos que muchas veces conseguían cabrearme al punto de evitar muchas veces juntarme con mis amigos y jugar a solas con mi rabia. Por supuesto, cuando llegó el tiempo de la escuela en la formación matinal para izar la bandera yo era siempre el último de la fila, y así fue a lo largo de todo mi tiempo de estudios. En el pueblo había un equipo infantil de fútbol que participaba en un campeonato nacional. El entrenador me dio el puesto de defensa central y no por mis habilidades futbolísticas, que nunca las tuve, mas sí por mi estatura, que imponía respeto en los delanteros del equipo contrario. A pesar de las muchas burlas y apodos que hube de soportar en mi niñez nunca he sido un chico agresivo ni he utilizado mi tamaño para amedrentar a nadie. Durante mi infancia recuerdo sólo dos peleas a puñetazos. Una en la escuela primaria, contra el hijo del comisario que insultó gravemente a mi padre con quien el comisario mantenía una disputa soterrada y absolutamente arbitraria. Mi padre tenía un bar-café en donde los parroquianos para amenizar el café de la sobremesa jugaban ruidosas partidas de truco, de mus o de tute. El comisario alegaba que el juego era algo prohibido por una ley que seguramente sólo existía en su cabeza. De vez en cuando irrumpía en el salón y desbarataba las inocentes partidas de naipes con la consiguiente burla del personal, lo cual lo enfurecía y terminaba profiriendo amenazas de todo tipo. De aquella pelea escolar me quedaron las orejas al rojo vivo por los tirones que me proporcionó la directora y un aviso de que la próxima vez sería expulsado. Por supuesto, el hijo del comisario sólo recibió una leve reprimenda.
    La segunda tuvo un final mucho más feliz. En el grupo de mis amiguitos había un niño rubio con ojos azules y no sé por qué se convirtió en el destinatario de mis bromas y crueldades. Seguro del poderío de mi estatura, yo lo martirizaba con bromas pesadas, le tiraba del pelo, lo empujaba y procuraba hacerlo caer, en fin, esas crueldades propias de los niños, hasta que un día, pese a la notable diferencia de tamaño, me plantó cara y me desafió a pelear harto de mi conducta. Un atardecer, cuando las sombras empezaban a invadir las últimas horas del día, nos enfrentamos en una apartada calle sin testigos y nos dimos duro. La pelea terminó en un abrazo emocionado y desde aquel día Aníbal es uno de mi más grandes y queridos amigos. Ahora, cuando ambos hemos tropezado con una edad que sobrepasa los sesenta, cada encuentro es un homenaje a la amistad y el abrazo que nos damos mantiene aún el calor y la emoción de aquel del que nunca hemos vuelto a hablar. Se me ocurre pensar que al no haber hablado nunca más de aquello es como si ambos nos avergonzáramos de haber descubierto y fortalecido nuestro afecto con una golpiza.
    Terminé la escuela primaria a los doce años con una estatura ya de adulto. Me sorprendió la adolescencia siendo ya un muchacho muy guapo y aquello exigía una vestimenta que ya empezaba a tener relaciones directas con la coquetería, pero claro, no había zapatos a mi medida ni ropa que me gustara a mi medida. Desde los doce años he llevado la cruz de no poder disponer de las prendas que te ofrecen los escaparates o vidrieras, como se llaman aquellos en Argentina. “Lo sentimos, muchacho, pero eso que te gusta no lo hay para tu tamaño”, siempre es la eterna cantinela que desde entonces viaja conmigo como pasajera no deseada pero constante.
    Durante los cinco años que pasé en el colegio secundario me propuse convertirme en un atleta y comencé a practicar atletismo y llegué a destacarme en lanzamientos, disco, peso, jabalina, etc., pero nunca en carreras. Mi tamaño fue siempre un “hándicap” para esos menesteres. La disciplina me obligaba a entrenamientos severos que incluían el correr para conseguir una preparación física adecuada y al final de cada sesión llegaba exhausto, con la respiración entrecortada y necesitando algunas veces asistencia por parte de mis compañeros. Lo mismo me sucedía con el baloncesto, deporte “ad-hoc” para mi estatura. En esta disciplina nunca pude aguantar un partido entero.
    Terminados mis estudios secundarios abandoné definitivamente los estadios deportivos e ingresé en la universidad con la firme intención de convertirme en abogado de postín. Mi entusiasmo por las leyes no duró mucho, pues a poco de haber ingresado en aquella casa de estudios colgué mi futura posible la toga y descolgué mi segura propia guitarra. Con ella subí al escenario por primera vez para no bajarme ya más hasta hoy. El escenario recibió mi figura con alegría y con bastante éxito, sobre todo entre las féminas. Era guapo y no cantaba mal, y eso provocó que me convirtiera en un sensual oscuro objeto de deseo para algunas pescadoras de jóvenes bellos y supuestamente aún sin estrenar. En esa época le agradecí a mi cuerpo su predisposición para las conquistas y más aún por la fortaleza para resistir aquel ritmo de vida. Al tiempo que disfrutaba, gracias a mis encantos, de los placeres del sexo, comenzó a llamarme la buena mesa y aquello del buen comer y del buen beber. Quién me iba a decir a mí que aquello significaría la transformación de mi cuerpo amigo, proveedor de todos los placeres, en el enemigo censor implacable de todos aquéllos. Los excesos fueron haciéndose cargo de mi bello cuerpo. Comenzó por regalarme una graciosa barriguita que yo justificaba como la curva de la felicidad, luego apareció el primer michelín y con él la voz de alarma de mi entorno: “Cuidado, que estás engordando y un artista gordo no se ve bien”. Yo me defendía aludiendo a Charles Laugthon, a Luciano Pavarotti y a cualquier otro artista referente gordo de fama. Mi cuerpo finalmente se instaló en su atalaya como mi peor enemigo. Desde allí comenzó a dirigir sus saetas, cada cual más hiriente y más lesiva. Saetas con nombre propios hasta entonces desconocidos por mí: colesterol, triglicéridos, urea, ácido úrico y qué sé yo cuántas cosas más. Para defenderme de aquellas agresiones comencé por utilizar las armas habituales, es decir, el ponerme a régimen. Visité especialistas que me impusieron severas dietas y esa lucha sin cuartel aún persiste. Precisamente cuando uno al fin ha aprendido a saborear el verdadero sentido de la buena vida, mi enemigo, siempre alerta, me vigila sin tregua ni piedad. Cuando me paso con algunos kilos de más despierta a voces a todo el vecindario buscando cómplices para reprenderme y torturarme con denuncias tan insistentes como impías. Espero que este cuerpo mío que se ha convertido en mi más temible enemigo, al menos cometa el error de permitirme conseguir esa dieta ideal no demasiado severa y volver una vez más a empezar ya que soy de los que creen que siempre queda espacio para un intento mejor. A ver si este puñetero cuerpo mío deja de ser mi enemigo y me permite vivir en paz lo que me quede de vida.
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