Relatos

MENU

 

Página principal

Biografía

Discografía

Letras

Galería gráfica

Material

Contactar

Management

Actuaciones

Enlaces

Noticias

Poemas

Relatos

Comentarios de
Alberto Cortez


Comentarios sobre
Alberto Cortez


Libro de visitas

 

·

ERA CALLEJERO POR DERECHO PROPIO...
    Amigos de mi página:
    El relato que sigue me lo ha enviado mi amigo cubano residente (¿exiliado?) en España, Ezequiel Pérez Martín. Lo publico porque me ha gustado y me parece adecuado hacerlo.
    Gracias desde aquí, amigo Ezequiel.
    Alberto Cortez

    (La Habana, noviembre de 1983)

    ¡Duro, tengo que ser duro! De nada vale ser benévolo, indulgente, tolerante. Es verdad eso de que al que es de miel, se lo comen las hormigas. Es verdad. La gente no aprecia la bondad. Hay miles de ejemplos que…
    -Pipo, dame agua- le dice su hija, una preciosa niña de siete años de edad.
    Mecánicamente el hombre coge la jarra y llena el vaso de la muchachita. Almuerzan solos, desde hace unos minutos. En la casa no viven otras personas. Su hija come con placer, de todo, feliz. Él no ha probado bocado aún, pero no es consciente de ello. Tampoco percibe que el radiograbador está sobre la mesa y comienza a reproducir una de sus canciones favoritas. Siempre había dicho que era muy humana, aunque estuviera dedicada a un perro.

    “Era callejero por derecho propio;
    su filosofía de la libertad
    fue ganar la suya sin atar a otros
    y sobre los otros no pasar jamás...”

    Cuando suenan los primeros compases y versos, la niñita mira al padre, pero no encuentra en él la expresión feliz de otras veces cuando en la casa se escuchaba esa canción de Alberto Cortez. Ahora el hombre tiene la mirada absorta y parte en dos un pedazo de pan sin mirarlo.
    ¡Me parece que Edelberto tenía razón! Él decía que ante cada situación de la vida, primero pensaba en él, después en él y por último en él. Me acuerdo de las discusiones que teníamos, cuando yo le decía que no se podía ser tan egoísta en la vida y había que pensar también en los demás. Se reía de mí y me parece que hacía bien porque...
    -¿No vas a comer, Pipo? Se te va a enfriar la comida- la niña no puede ocultar un ligero atisbo de angustia.
    La mira con cariño, con mucho cariño, y le sonríe. Al fin toma una primera cucharada de sopa.

    “Aunque fue de todos nunca tuvo dueño
    que condicionara su razón de ser;
    libre como el viento era nuestro perro,
    nuestro y de la calle que lo vio nacer...”

    -Maquiavelo decía que era mejor ser temido que ser amado, porque los hombres temen menos el ofender al que se hace amar que al que se hace temer... Pero el tiempo ha demostrado que Maquiavelo no tenía razón en muchas cosas que dijo y...

    “Era un callejero con el sol a cuestas,
    fiel a su destino y a su parecer,
    sin tener horario para hacer la siesta
    ni rendirle cuentas al amanecer...”

    La niña mira furtivamente al padre, mientras sacia su habitual apetito. Lo que no es habitual es que al padre no se le iluminen los ojos con esta canción.
    -Pipo, ¿te pasa algo?
    -No, mi vida, no- le contesta mientras se dispone a tomar una segunda cucharada de sopa.
    Pero es que las ideas de Maquiavelo... Además, está eso otro del león y la zorra; eso de que hay que saber ser un poco de cada cosa, porque el león no puede evitar caer en las trampas, a pesar de sus fuerzas; pero por otro lado la fuerza de la zorra no es suficiente para salvarse de los enemigos, a pesar de su tremenda astucia. Dice Maquiavelo que hay que saber ser león y zorra a la misma vez... ¿Será verdad eso? No, no tiene razón: su filosofía y su modo de ver la vida son reaccionarios. Hay otras cosas que valen más en el ser humano que el saber ser malo. ¡Pero es que hay gente que lo hace pensar a uno en cada cosas...!
    -Coge, pipo; cómete esta galleta- la niña quiere que su padre sea el de siempre y no éste que no presta atención a su canción favorita.

    “Era nuestro perro y era la ternura,
    ésa que perdemos cada día más;
    y era una metáfora de la aventura,
    que en el diccionario no se puede hallar...”

    ¿A lo mejor tiene razón el tipo de la película del otro día, el que dijo que había que aprender a odiar un poco para vivir mejor en la vida...?
    El hombre ha comenzado a comer de a poco. Lo hace maquinalmente. Traga la sopa, sin hallarle sabor alguno. Está al lado de su hija, pero tan alejado de ella, que no se percata del cambio que está experimentando el rostro de la muchachita.

    “Digo nuestro perro porque lo que amamos
    lo consideramos nuestra propiedad;
    y era de los niños y del viejo Pablo,
    a quien rescataba de su soledad...”

    Sin embargo, el psicólogo me dijo que la verdadera dimensión del ser humano está en no saber odiar, que el odio es un sentimiento negativo y que lo mejor es que siga siendo como soy. Pero ¿y entonces...?
    El recuerdo de este hombre se detiene en varios momentos de su vida. Se le agolpan en la mente los nombres de personas que hacen el mal a los demás; unos queriendo, otros sin querer y algunos queriéndolo pero aparentando todo lo contrario. Piensa en la infidelidad, que a veces tiende celadas a las más hermosas ilusiones, a la amistad, las ambiciones y envidias profesionales, los chismes, las zancadillas que los ambiciosos y oportunistas perfeccionan cada día más, en el falso concepto del poder que tiene alguna gente.
    ¡El ser humano debe tener bien delimitado su marco de movilidad y conocer perfectamente las consecuencias que acarrean el traspasarlo! Saber bien cuáles son sus derechos. En eso Benito Juárez fue un maestro cuando dijo que “El respeto al derecho ajeno es la paz”. Así mejorarían las cosas y no sería necesario odiar...
    Parte otro pedazo de pan y no siente sobre sí la penetrante mirada de su hija.

    “Era un callejero y era el personaje
    de la puerta abierta en cualquier hogar;
    y era en nuestro barrio como del paisaje:
    el sereno, el cura y todos los demás...”

    El hombre no escucha que el ritmo de la canción va in crescendo. No ve que la niña ha dejado de comer y busca algo a su alrededor.
    Quizá no valga la pena ser duro, enérgico, intolerante, exigente... no sé, ¡estoy confundido!, porque la vida demuestra que siempre con los malos hay mayor consideración. No se trata de que uno se convierta en un antisocial; basta con ser inflexible, hacerse respetar, no ser tan sentimental y no pensar tanto en los demás. Sobre todo eso, no pensar tanto en los demás. Que se vayan a la mierda todos. No vale la pena vivir en función de los demás. Hay que saber odiar un poco. ¡Eso es lo que voy a hacer...!

    “Era el callejero de las cosas bellas
    y se fue con ellas cuando se marchó;
    se bebió de golpe todas las estrellas,
    se quedó dormido y ya no despertó...”

    Sus ojos empiezan a dar muestras de que sus recuerdos regresan del pasado. Sus conclusiones terminan también de explorar el futuro y en el momento preciso en que ha decidido aprender a odiar, percibe un sonido que le corta la respiración: un llanto.

    “Nos dejó el espacio como testamento,
    lleno de nostalgia, lleno de emoción;
    vaga su recuerdo por los sentimientos
    para derramarlos en esta canción...”

    La niña ha encontrado lo que buscaba: un periódico. Y con él oculta su rostro y las lágrimas que acompañan sus sollozos, rítmicos, como los últimos compases de la canción que va muriendo en el radiograbador.
    -¿Qué te pasa, mi vidita, qué tienes?
    La niña sigue llorando. Su llanto es raro: no refleja dolor físico alguno. Intenta hablar, pero los sollozos no la dejan.
    -¿Qué es, mi cielo? Dime, por favor.
    Su pequeño índice derecho se dirige lentamente hacia un lugar en el espacio. El padre continúa la línea recta imaginaria que finaliza en el radiograbador, pero no entiende todavía. La voz del cantante se pierde tarareando y al hombre le viene de golpe todo el texto de la canción, mil veces repetido en su mente con anterioridad, mil veces aprobado por su particular manera de afrontar la vida. Se terminan los sollozos, en el preciso instante en que se escucha el último compás. Transcurre un segundo y la niña mira al padre.
    -Es que... ¡el perrito se murió, pipo! Tú me has dicho que el perrito de la canción se muere y a mí me da mucha lástima con él- y comienzan de nuevo los sollozos y las lágrimas.
    El hombre llora también, si el correr de dos gruesos lagrimones en una cara feliz se le puede llamar llorar.
    Acaba de descubrir cómo tiene que ser en la vida, cómo afrontarla. Y sobre todo, sabe que no está solo en su empeño.
    Sonríe y la niña lo secunda: ése es el padre que ella está acostumbrada a ver.

    Ezequiel Pérez Martín.
Volver